A veces me acuerdo de los días que pasamos en el infierno. Del calor que hacía, de lo que bien que estábamos. Vos con tu remera de Sex pistols rota, con tu pelo rapado, con tus catorce lunares. Yo los contaba todas las noches, las mil y una noches que pasamos en el infierno conté tus lunares y nunca eran ni más ni menos que catorce. Y vos todas las noches contabas cuántas veces me habías hecho daño, y cada noche era un número más. Estábamos de acuerdo en eso; en lo único que coincidíamos era en que podías lastimarme, y entonces lo hacías, así pasábamos los días. Hasta que llegó el invierno. El sobrio invierno. De pronto no había drogas, no había gilletes, ya no había nada con qué lastimarme, y entonces una noche nos dimos cuenta de que no teníamos nada en común. Costanera sur fue testigo de la noche del horror, donde explotó la granada que nos veníamos pasando de mano en mano. La madrugada se burló de nosotros, pobres tontos, creían que existe el amor. Todavía tengo las risas de esa noche grabadas como un látigo, como una sentencia de muerte.
Muerte. Eran esos tiempos en que la idea de morir me parecía atractiva. Pero si no te encontraba del otro lado, no quería, no tenía sentido. Por eso me quedé acá, pero acá tampoco te encontré. No te encontré en el centro, no te encontré en Palermo, no te encontré en Congreso, ya no te encuentro. No me dedico a buscarte porque creo que no es digno, así que me conformo con pensarte. Aunque cada vez que te pienso, vuelvo a sentir la helada de nuestro invierno.
1 comentario:
Me gusta, mucho! Arriba!
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