Compañera de bares y siempre muy querida Sofía: Nunca deja de ser un placer delicioso escribirte una carta, sobretodo conociendo el cuidado y la delicadeza con la que devoras cada postal. Pero ahora, más que nunca, me veo en la necesidad de comunicarme contigo por un asunto más interesante que urgente. Partamos desde la base de nuestra última conversación (muy gratificante por cierto) de que tu persona y mi persona, únicamente nuestras, vendrían a constituir el eslabón perdido de esta sociedad, la humanidad no tan sapiensal. Si tenemos en cuenta que nos falta subir un pedestal en la cadena de la evolución, entonces lograremos entender porqué es que nuestras manos, ambas dos (o cuatro¿?), siguen vacías. Al no estar completamente desarrolladas (o por lo menos no tanto como nuestros hermanos menos primates y más sapien sapien) nuestro progreso es notoriamente más lento, y así mismo lo es nuestra capacidad de aprendizaje. ¿A qué apunta esta entraña epistolar? Mi único fin es reivindicar nuestro honor (llamémosle dignidad) haciendo un regreso al pasado, al pasado del pasado, a cuando nuestro letargo marcó la, tal vez más primaria, diferenciación humana. No dejes de recordar que podemos escudarnos (excusarnos, justificarnos) en nuestro prematuro despertar a la vida, y recordarle a la gente con (extrema) paciencia que nuestra estupidez se debe simplemente a que no tuvimos esa última vuelta de tuerca. No importa que no aprendamos de nuestros errores; si el hombre tropieza dos veces con la misma piedra, ¿qué nos impide pensar que un ser no-del-todo evolucionado, como vos o como yo (a veces me pregunto si habrá otros) no lo haría? Así que cada vez que mires tu mano izquierda y la encuentres vacía, cada vez que mires tu mano derecha y la veas vacía, cada vez que tu motivo de tristeza se repita año tras año, recuerda que todavía tienes un hombro vulgarmente parecido al tuyo, en donde te estará esperando esta no-del-todo madurada, que también gusta del placer de recibir cartas, aunque las manos que las despedazarán también estén vacías. Pero, pase lo que pase, también tiene un hombro y una oreja (la otra no cuenta más, desde esa vez que... ya sabes)
Sin más nada que decir y esperando a que el viento de la próxima tormenta nos amontone, se despide tu fiel compañera de tristezas y huevos de codorniz..
Tino.