Si querés que te vomite la verdad, te confieso nunca pensé que fueras a irte de verdad. Lo ensayamos tantas veces, que finalmente ya la verdad parecía una mentira. Era. No sé, te odio mucho, cuando me acuerdo, y cuando tengo tiempo de odiarte. Pero a veces no, y entonces me divierto jugando a que estamos jugando, como todas las veces que lo hicimos antes. A que me vas a despertar a las tres y cuarto de la mañana, pegándome, mientras a mi me lloran los ojos envidiándola, y te digo que está entrando olor a cebolla por la ventana abierta. Y nos puteamos desde el estómago (o desde algún lugar muy, muy profundo) y no nos cansamos de putearnos y arañarnos, mientras insisto en que te amo y vos me decís que me vaya con él. De lo que sí nos cansamos fue de explicarle al mundo que no somos pareja; que dormimos juntos porque cada tanto hace frío. Y que, desgraciadamente para nosotros, cada tanto se vuelve bastante más usual con el tiempo. Pero el tiempo de pronto fue a contrareloj. Ahora vos entrás y salís de mi mundo como se te canta, y lo peor es que salís más de lo que entrás. Y por primera vez me doy cuenta de que tantos amagues no fueron en vano, y de que los dos nos merecíamos este final tan raspado hasta gastarse, tan gota que rebalsó. Eso es lo que me pasa, si querías que te vuelque toda la verdad; y si no querías, te digo lo que siento por la fuerza, como siempre hice, como jamás te interesó demasiado. De última, después te pediré perdón, te lloraré un poco y vos argumentarás, indiferente pero con los ojos vidriosos, que está habiendo mucho olor a cebolla, que tendríamos que hacer algo con la ventana de la habitación y que no se vale que te golpee, ni que te muerda y me rasgue la piel, ni que intentemos ponerle nombre a nuestro dolor: no se vale nada, porque ya nada vale para nosotros.
Cuando nos echamos a correr, hay mil maneras de seguir... Pero ninguna de volver.
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