Y ese pequeño milagro era casi escandoloso en tanta atmósfera de domingo a la noche (casi unánime estadística suicida) aún siendo viernes; en tanto aire de colectivo sucio, y vuelta sola y el vergonzoso llanto mientras se canta Thalia, lo cual lo vuelve más vergonzoso, si eso era posible. Era un insulto al destino, que quería arruinar la fiesta, que pretendía acongojar la noche con dos (no uno, dos) puñales estúpidos, uno por la espalda, todavía puñales y siempre estúpidos. Pero si eso no podía ser posible, velada-ya-arruinada, nada podía sacar a flote el cuerpo de la Maga y mucho menos el mío. Y ese fue exactamente el punto nada, el imperdonable error de abandonarse a la insulsa conformidad, a estar hundido y no moverse porque las arenas movedizas, todavía movedizas y siempre vengativas, van a empeñarse en tragar más rápido, aunque si uno se pone a pensarlo, tres días antes esa tristeza parecía una broma de mal gusto, un llamado al pasado no tan pasado, pero pisado al fin. Lo único capaz de elevar el ritmo cardíaco a un punto no parametral, tal que Thalia y el colectivo vacío y todo ese paisaje absurdo desaparezcan, era esa silla y ese pulgar y esa comodidad, de que siempre se hubiese tenido que estar ahí, a esa hora, al lado de lo inconcebible pero aún ahí. Pero no era razonable, no era congruente con esa escena de humo y oscuridad y gente que no se preguntaba si la tristeza era eso, o tal vez todo estaba perfectamente planificado para que dicha palabra fuese tabú esa noche (de vuelta al escándalo, al insulto, pero viceversa). Entonces había que desviar la vista, hacer como que nada habia pasado y de vuelta a la vida normal, sin utopías realizables, sin esperanzas insólitas y sin Coca Cola de cumpleaños, con más gas, más fría, más sabrosa, más...
Todavía milagro, y siempre el que yo soñé.